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Un último café contigo

23 Apr 2016

Las noches de invierno comienzan tempranas y la luz anaranjada de las farolas se cuela demasiado pronto en el salón de Fernando. Pero sólo es la luz la que cambia su rutina. Él permanece, como cada día, junto a su ventana. Mirar por la ventana le convierte en un fantasma transitorio, que aparece y desparece ante cada viandante que sin querer eleva su mirada.

 

Y ahí está Fernando, una noche más, imaginando, esperando, suponiendo, soñando. Una noche más dibujando un futuro inexistente, algo que podría suceder pero que nunca acaba de tomar formar. Una noche más Fernando mira por la ventana esperando verla pasar.

 

Demasiado ruido en la cabeza, demasiadas palabras pendientes por decir, por hacer, por contar. Hoy no quiere seguir mirando por la ventana. No quiere seguir especulando sobre su vida. Coge un papel y se sienta a escribir. Y escribe. Escribe con la única esperanza de que quizás alguna vez pueda transformar esas letras en los sonidos de unos ojos que las leen.

 

Querida Manuela,

 

Te escribo para contarte que nunca dejé de soñar que en algún momento nos cruzaríamos de nuevo. La distancia y las vergüenzas llenaron de piedras nuestro camino, y al final nuestros pies optaron por un sendero más seguro. Y ese sueño me ha llevado a pasar los días esperándote, sólo, en ese cruce maldito que una vez imaginé. Esperando, para al menos, tomarme un último café contigo. Quizás sea el único café que necesitáramos para cerrar ese sueño fugaz. Quizás fuera el café donde descubriéramos esa magia que una vez quisimos vislumbrar.

 

Si tuviera valor me presentaría en tu puerta para hacerte miles de preguntas y dejar así de inventarme tu vida. Si me sobrara osadía querría saber con quién compartes tu cama y tus sueños al final del día. Con quien caminas por la montaña y a quien coges de la mano cuando la tienes fría. Sé más de ti por tus imágenes que por tus sonidos. He imaginado el mundo que te rodea a través de tus fotografías. Yo les pregunto cosas, mas ellas nunca hablan conmigo. ¿Me esperaste alguna vez? ¿Quisiste alguna vez quedarte conmigo? Llevo años andando sobre el silencio que sigue a estas preguntas, y aun así sigo caminando cada día.

 

Y mientras espero hago cosas sólo para que tú las veas. Busco excusas para que no me olvides. Desde un rincón, en este cruce maldito por el que sólo pasó un camino, te mando señales indescifrables para el mundo, pero claras y evidentes para mis sentidos.

 

Nací testarudo y tenaz, pero ninguna de estas virtudes me dieron las herramientas para saltar al vacío, plantarme a tu lado, y decirte “Hola, estoy aquí ¿Te tomas un café conmigo?” Luego vuelve mi prudencia y mi conformismo, y pienso que si el camino que nos unió se convirtió en largo y farragoso es que en realidad nunca fue más que un desvío erróneo y alternativo. Y que si tú ya tomaste otra dirección, porqué ibas a cambiar por mí su sentido. Y entonces me paro y me quedo mirando este cruce, por el que nunca pasó más que mi camino, y decido seguir esperando por si el tiempo o el viento quisieran alguna vez cambiar lo que nunca fuimos.

 

Siempre tuyo...

 

F.

 

PD: Si tuviera valor te entregaría esta carta. Si tuviera valor te contaría que sigo soñando contigo.

 

 

Arrancó la hoja del cuaderno. Y sin releer nada, por miedo a borrarlo todo, la doblo, buscó un sobre, metió la hoja y lo selló. Y aquel sobre caminó con él, pegado a su corazón, impasible mientras juntos veían a la vida volar, a su montaña transformarse en una gran ciudad y mientras la mirada de Manuela se oxidaba, quizás, detrás de un gran ventanal.

 

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